18 de abril de 2016

Sober

Me besa y sabe a whisky y un dejo de cigarrillo. Sonrío porque volver se sabe tan bien cuando es con él. Supongo que hay algo sobre este lugar, sobre las noches largas, sobre ese chico de jeans y remera negra, sobre su pelo alborotado, sobre esas veces en que maneja y la música hace que se mueva al ritmo de la canción que suene, y sí, también su forma de quererme sin que se lo pida. Me abraza y le pertenezco de mil formas distintas, y sin importar cuanto tiempo pase, sus brazos siempre tienen un dejo de calidez. Y se que en otro momento le diría no, que somos una combinación destinada al desastre absoluto, pero me gusta tenerlo cerca, me gusta que sea de esas personas que me hacen bien sin tener que lastimarme en el transcurso. Y puede que sea sólo el momento, pero lo necesito. Me acerco pensando que después de haberlo rechazado tantas veces va a dejarme queriendo más, pero esa es una de las cosas que más me fascinan sobre él. Porque cuando le digo que me cansé de jugar a ese juego donde la regla principal es fingir que no sentis nada, él sabe dejarlo y llegar hasta mí. Porque no le importa si sale perdiendo o ganando, porque sabe que siempre hay un riesgo que asumir. Cuando estoy con él soy alguien, y esa sensación me llena aunque sea momentáneamente, porque si está conmigo no soy una más en una lista. Me mira y se que hay algo de mí que se impregnó en su piel, algo que no puede dejar ir. 





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