29 de noviembre de 2012

Vidas que están pero no se sienten completas

Debería sentirme afortunada. Debería sentir que esta vida tiene sentido. Y sin embargo, no me siento con suerte de vivir, y el hecho de que me digan de que debo apreciar todo lo que tengo sólo me confunde, porque no es que quiera parecer despectiva con todo lo que poseo ni mucho menos con el esfuerzo de terceros para conseguir muchas de esas cosas. A veces me ruego a mi misma poner una sonrisa, y convencerme de que soy merecedora de todo lo que la vida me da. Es que no me siento linda, ni mucho menos feliz. Nunca me faltó nada material, y siempre creyeron que podían llenar mi vacío espiritual de esa forma, con objetos que suplantaran ausencias y sepultaran el dolor. Han intentado, no una, sino mil veces, ponerle a mi felicidad un precio, querían que vendiera mis secretos más ocultados, querían que develara esos pensamientos y sentimientos que me gastaba en guardar sólo para mi. Es que no se trata de cuanta ropa tenga, ni cuan bien me pinte para ir al trabajo para fingir que he crecido y he madurado, ni del alto de mis tacos. Si la felicidad pudiese ser comprada, entonces todos nos volveríamos intérpretes de una obra que sólo puede hablar de la tragedia de no sentir nada real. Y quizás la vida no se trate sólo de el sol brillando en lo alto del cielo, sino también de la tormenta, y del arcoíris que deja a su paso el tesoro más importante del ser humano: la voluntad y decisión de vivir más allá de todo.

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