28 de enero de 2011

Ese fuego que corría e inundaba mi estómago me tranquilizaba el dolor y la conciencia. Me dolían las culpas y el hambre, me dolían las ausencias y el eco repentino de los recuerdos asomando por el umbral del alma. Ese fuego me quemaba tan rápido que bastó que pasase una hora para saber que aquello era el paraíso hecho de a lo que debería saber el infierno. No me importaba si quemaba, dolía, ardía o desistía. Me agradaba saber que había algo que me tranquilizaba. Algo que me llena como la comida ni la mayoría de las personas lo hacen. Ese fuego maracaba los límites entre el masoquismo y la normalidad con la que cada uno dice actuar. Aquella llama ardiendo dentro mío, era el principio del fin, es la que hoy me salva y mañana me mata.

1 comentario:

  1. Excatamente es la misma llama, creo que es una bendicion, nos da poder de elegir.
    Espero que andes bien, besos!

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