3 de agosto de 2009

Cuatro paredes

Mi vida se volvió una paranoia de la que no puedo salir. Que de a poco sin que me diese cuenta se ató sobre mis manos y pies reteniéndome en mi lugar, pesándome toda una vida sin suspiros tranquilos. Mi vida se volvió toda una obsesión que mi cuerpo odia y mi mente adora, que me distorsiona hasta en lo más recodito de mi ser. Donde no entra el amor, el cariño o la amistad. Se volvió una odisea cubierta de fuerza y rellena de miedos e inseguridades. Mi vida empezó a depender de otros: de un espejo, ana, mía, mis amores no correspondidos y los problemas de mi vida. Se convirtió en un acertijo hasta de las cosas que conozco, de las que se que están mal. Me empecé a plantear la ingeniosa y cobarde idea del suicidio. Ingeniosa porque la muerte planeada no es un trabajo fácil, no todos los días te pones a organizar y pensar la manera en que deberías morir. Cobarde porque dicen que los que deciden acabar con sus vidas son cobardes y deseo hacer feliz a aquel invecil que crea que es así. Acepto que el suicidio es el miedo a vivir, yo lo siento, pero por otro lado es afrontar la muerte sin pavor, sin intrigas, sin mucha vuelta. Es la muerte disfrazada de mala persona y ya. Es tan crudo el pensamiento, que no interesa como se muere ni por que, solo sabes que queres morirte. Que no lo aguantas más o te armas de esas ideas para huirle a la realidad, a esta realidad que asfixia y desespera. Sin embargo, mi dependencia a algunas pequeñas (que no dejan de ser importantes) cosas son las que me hacen seguir respirando como lo son: mi espejo hecho añicos esperando una reparación que siempre evadí, que siempre vi de lejos con vergüenza y asociego. La anorexia y sus metas que me enloquecen hasta cuando las odio y la bulimia que me salva de mis culpas estrujadas en el fondo de mi estómago, siempre contribuyendo con la causa "por una muerte justa". De repente me encontré odiando todo lo que soy y adorando lo que dejé de ser a los cinco años: feliz. Superalo, me repito a diario intentando escabullirme de mis recuerdos cegadores. De los olores, las formas, el sabor de la felicidad que ahora me parece imposible. Como muchas cosas en la vida. De repente me encontré tirada en la cama llorándole a un cielo nublado, esperando que algo cayese del techo, en busca de mi salvación. Me hice un bollito para no tener que sentir ese dolor que me quitaba hasta la más minima esperanza, se adueñaba de mi piel helándola y secándola para dejarla en algún recuerdo del ayer. De repente me encontré pesándome mañana, tarde y noche. Leyendo las calorías de cada miserable envase de comida, calculando menos de quinientas calorías al día y deseando tener la voluntad para ayunar sin tener que recurrir a los atracones y por consiguiente a mis vómitos devastadores. Me encontré viviendo (o mejor dicho desviviéndome) por la causa. Dejando mi vida lenta y dolorosamente en el aire que los demás respiraban sin discreción, que los demás depreciaban. Lo cierto, es que deje mi vida en cada una de las risas que me causé sin sentir. Mi impotencia me hace caminar con una desesperación que derrama a chorros magia negra, en busca de calmar la culpa y los llantos reprimidos.
De repente me encuentro sola, escribiendo esto. Llorando(me) la verdad...

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