Parece que llevo días frente al ordenador, pero lo cierto es que apenas pasaron tres horas. Miro el reloj y calculo cuanto tiempo me queda para recolectar los pedazos que acaban de romperse a lo largo de la sala con la duda existencial que vi nacer en mi pecho. "Nadie entendería esto, ni yo puedo" pienso, y se que es verdad. Hago fondo blanco con el tercer vaso y me doy cuenta de que no puedo seguir tomando ni terminar apestando a alcohol. No puedo detenerme porque se que si lo hago voy a terminar derrotada, esperando que todo se pierda en el fondo de la memoria de la computadora antes que seguir revolviendo mi pasado. De pronto me suena el estómago y recuerdo que no almorcé. No se por qué sonrío, pensando que Pedro me sermonaría al respecto. Me preparo un plato de fideos con queso y coloco un vaso grande de agua al lado mío, para engañar a mi subconsciente que cree necesitar más alcohol para no sentir nada en este momento. Doy dos o tres bocados a la comida y sigo leyendo hecha un ovillo sobre la silla.
"...Te quiero y una parte de querer, es que la otra persona esté bien...". Entiendo el punto pero, no comprendo en que momento pensó que dejarme ir representaba un gran gesto de amor, en qué momento se convenció de que era mejor dejarme sola y anclada en ese espacio mental tan oscuro, en vez de quedarse y darme la mano. Me sorprende el enojo que me invade, ciño el cejo, leyéndolo, con esa idea en la cabeza de fondo. Pensé que eso era lo peor pero unas páginas después, se animó a decir "...no voy a desaparecer, te lo prometo...". Sabiendo cómo resultó todo, me se salta una carcajada y me tiento de risa, pensando en cuan sarcástico es leer esto sabiendo que eso es justamente lo que hizo. Por un momento, se esparce la duda de si realmente me quería como decía, si realmente era verdadero. Quizás, el problema fue que nunca nos quisimos de igual a igual porque, si de mi dependiera, si fuese él quien hubiese estado en una situación compleja, es un hecho que no me hubiese ido de su lado. Antes de irme y dejar a quienes quiero, prefiero perder todas las guerras. Lo se porque no acciono de una forma en que no me gusta que accionen conmigo. Nunca.
Divagábamos pensando en ese tiempo en que tuviese 18 años y pudiese viajar a España. En realidad mi sueño y plan desde mucho antes de conocerlo era conocer Europa, pero volví España un destino sólo porque era donde él vivía. Por ese entonces faltaba un año para mi mayoría de edad, y por mucho que quisiera subirme a un avión y embarcarme en la travesía, tenía que esperar. "No seas pesimista Mai, muchas cosas pueden cambiar en seis meses, entre otras, que sea yo quien vaya...". La simple idea me hacía brincar de felicidad. Era una locura. Todo, de principio a fin. "...Y si te vas a otros lugares, te sigo, voy contigo, a donde sea". Esa versión suya no sabía que lo único que cambio en seis meses fue él y su deseo fortuito de verme en persona. Podía sentir ese cambio dentro suyo, y no sabía si era miedo a lo que sentía por mí o si fue la realización de la locura que estábamos viviendo. De cualquiera manera, no podría culparlo porque, por momentos, sentía lo mismo. Esa desesperación de preguntarse "¿qué estoy haciendo?¿qué estamos haciendo?". A partir de ahí, hubieron momentos de silencio. Pasaban días sin que intercambiáramos una palabra y le echábamos la culpa a la rutina sabiendo que ese nunca era realmente el motivo.
Sin aviso previo, entre charla y charla, me convierto en blanco de todo su dolor, de su frustración y probablemente, un poco de ese enojo que acarreaba consigo como recordatorio de lo dura que fue la vida con él. "Prefiero que no hablemos ahora" decía algunas veces cuando parecía atestarse de bronca si le confesaba que me costaba comer, si le hablaba de mi dolor, y a mi se me partía un poco el corazón. La distancia que colocaba en las charlas hacía que los diez mil kilómetros se convirtieran en cien. Pensaba que en cualquier momento iba a esfumarse, que iba a cansarse, que ya no querría compartir conmigo qué es lo que realmente lo preocupaba. Nunca quise ser un bolsa de boxeo, e incluso me da la sensación de que tampoco él deseaba colocarme en esa posición donde tuviese que cuidarme incluso de él mismo. "No digas eso" reprocha mi instinto protector que me detiene y recuerda que nunca podría decir algo que lo lastime, no intencionalmente. Luego de unos días, reaparecía preguntando si estaba disponible y fingía que nada había pasado. Evadíamos la razón por la que en primer lugar me había estado ignorando, incluso cuando podía verlo en línea.
Era difícil saber con qué careta iba a encontrarme. Por momentos era su lado sensible y cariñoso diciendo "...acabaremos juntos, te lo juro..." y en otros, era la muralla. Pasaba de un Dios al Diablo en milésimas de segundos, y yo al lado suyo, era una simple mundana esperando poder tocar el sol con las manos, o al menos quedarme cerca de su calidez, de su luz, que ahuyentaba la oscuridad de mis propios pensamientos. Cuando tomaba coraje para reprocharle sus hiatos se las arreglaba para decir algo como "...Piénsalo tú, yo siempre estuve acá. No me he movido ni un milímetro, sólo me caigo en el lugar, y es lo más patético de mí, no poder seguir...no poder dejar atrás...te quiero Mai...". Me sentía culpable por dudar de él, de nosotros. Pero era inevitable, sólo tenia 17 años. Leyéndolo, con la perspectiva que otorga el tiempo cuando pasa, todavía me cuesta procesar cómo alguien que dice quererte así, puede dejarte sin explicación alguna. Un día le pregunté "...realmente soy necesaria en tu vida?" y él respondió "...como parte de mi felicidad, si...". Le creí, como siempre. Completamente perpleja por su respuesta, por la ilusión de ser alguien en su vida, como si mi propia vida se fuese en ello.
Por esas alturas, si alguien me insinuaba que esa misma persona que enviaba esos mensajes, unos meses después, iba a desear perderme, no le hubiese creído. De la misma forma hubiese reaccionado si lo acusaban de querer lastimarme. Desearía no estar recordando el inmenso silencio, la indiferencia y el desprecio que parecía desprenderse de su cuerpo hacia mí. Sí, me lastimó. Lo recuerdo y me vuelve a doler haber visto esa faceta suya. Pedro construyó una muralla para que no pueda acceder a él. Me declaró una enfermedad infecciosa, una bruja que debía ser llevada a la hoguera. Pasé de ser aliada a una enemiga avanzando en territorio hostil, y sin importar que tan alto izara la bandera blanca en zon de paz, él no dudó en disparar a matar, no una, sino múltiples veces. Y yo que hubiese dado mi vida por defender todos sus pecados y permitir que me juzgaran por ellos como si fuesen propios, fui desarmándome frente a él, cayendo primero sobre mis rodillas, con el rostro cubierto de lágrimas que nunca pensé que él mismo provocaría, implorando, para acabar sobre mi torso, con el corazón sangrante...y las manos vacías.
CONTINUARÁ...

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