18 de abril de 2025

I knew you...

Por algún motivo, no me siento con derecho a escribir sobre él. Y sin embargo, acá estoy, trasgrediendo territorio enemigo. Deben ser todos los años transcurridos que parecen haberse convertido en barrotes y límites que no puedo traspasar. Quizás por eso, no mucho tiempo después de que entendí que no iba a responder mis mensajes, mi dolor sólo supo convertirse en distancia. No tengo en claro que es lo que cambió para estar acá; quizás el hecho de que todo parece recodarme a él, o que me persiga en mis sueños; pero no me creo capaz de guardarme lo que siento, todo lo que probablemente no dije en todo este tiempo, cosas que hasta yo misma parezco estar descubriendo ahora. 

Lamento si esta recolección de memorias olvidadas no resulta apetecible, si no entretiene, o parece sacada de una historia ficticia. Muy a pesar de haber guardado su recuerdo muy en lo profundo de mi memoria y mi corazón, sigue ahí, intacto. Mi yo de por aquel entonces se encargó de guardar su recuerdo con un cuidado casi envidiable, como si ya por aquel entonces supiera que un día iba a volver a él. Con un cuidado con el que desearía haberme tratado a mí misma en su ausencia. Por momentos, siento que necesito escribir esto para dejarlo ir, como él me dejó ir a mí. "Deberías" me recrimino. Se que este no es mi mejor perfil, que de esta forma quedo completamente expuesta y vulnerable a cualquier bala que yo misma decida disparar. Siempre lo dije, soy mi peor enemiga, e incluso eso, él lo sabía antes que yo. En otras circunstancias, me convenzo de que sería imposible deshacerme de él, aunque quisiera. Nadie, ni yo misma, podría sacarle su espacio en la repisa de reminiscencias. Aun sabiendo que nadie puede vivir queriendo a un fantasma, a veces me gusta deambular por las calles de nuestros días en completo silencio, a veces me gusta recordar el sentido de pertenencia que sentía ahí, con él.

Cuando cortó todo tipo de comunicación, sentí un gran vacío. Fue como haber perdido una parte de mí. Supongo que tiene que ver con el hecho de que todos los días nos hablábamos, y cuando no lo hacíamos, luego siempre venía un día que compensaba en horas para contarnos todo lo que hicimos. Pasábamos de hablar de las cuestiones más banales a conversar sobre la vida y la muerte, proyecciones personales, deseos y sueños. Nos deleitábamos, o al menos, yo lo hacía. Siempre admiré su inteligencia y esa perspicacia con la que hablaba que a veces me dejaba sin saber qué decir (algo que normalmente no sucede). Nunca pensé que a esa edad pudiese cruzarme otra alma vieja. Desde el momento en que hablamos por primera vez, se sentía como si ya nos conociéramos. Me hablaba con una confianza que no podía reconocer de ningún lugar que haya pisado con anterioridad, pero en ningún momento me incomodaba. Sabía todo de mí, cosas que ni mis amigos ni papas sabían de mí. Era como estar reflejada en un espejo, sin sentir el más mínimo de vergüenza; sobre todo en un tiempo donde lo único que podía sentir sobre mí era resentimiento. Cuando me reflejaba en él no sentía odio por lo que veía, era una sensación de tranquilidad que no lograba comprender. Él hacía que me gustaran cosas de mí que pensaba detestar. Me miraba y era como sentirme transparente. No era capaz de mentirle o esconderle nada porque en el fondo tampoco podía ni quería lastimarlo. En un mundo que pasaba de mí, él me veía. Veía más que mi cuerpo, veía mi alma. Y, de una forma u otra, si él podía verme, sentía que me debía la oportunidad de desear disfrutar la vida, de una forma que hasta ese momento, me parecía inconcebible. 

3/3/25



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