"...Si te preguntaste por qué Nueva York es tan importante para mí, ahora lo sabes. No estaba planeado, la verdad es que fue todo en el momento. Yo no dormía, lloraba todo el tiempo, las putas pastillas me tenían cuasi adormecida por las mañanas sin lograr tampoco que tuviera un sueño profundo aunque al menos dormía, empecé a dejar de comer porque me ponía muy mal, porque estaba muy mal. La ansiedad y la falta de sueño hacían que estuviera de mal humor todo el tiempo, aunque no quisiera estarlo, aunque luchara para no tratar mal a mi familia sobre todo, que eran quienes intentaban acercarse y cuidarme.
La verdad es que muchas personas se lavaron las manos conmigo, porque pedía ayuda, tanto a mis superiores de forma directa, a mis compañeros de forma implícita cuando veían que salía del baño con los ojos hinchados de llorar y no preguntaban, y hasta mis papás que no sabían como manejar una situación así. Me enoje mucho especialmente con mi papá por no defenderme, por no cuidarme, por no protegerme del hijo de puta de cincuenta años con un cargo superior al mío y complejo de dios. Porque soy su hija mujer, y debería haberlo cagado a trompadas o hacerlo mierda con una denuncia, pero nada. Muchas veces me quedé callada porque nadie me defendía y entonces fue cuando empecé a pensar que quizás, sí me lo merecía. Quizás yo era la culpable, y no el hijo de puta.
Estaba tan destrozada...pero aún estándolo, lo que más me dolía no era el acoso, sino que habían personas que me decían que exageraba, que no podía ser, que no era para tanto, que no le diera importancia. Creo que por eso tampoco lo frené a tiempo, porque nadie tampoco me apoyaba para plantarme y no permitir todo lo que pasó. Estaba destrozada y todos seguían pisándome aún cuando mis pedidos de ayuda se volvieron gritos silenciados y frustrados.
Estaba tan destrozada...pero aún estándolo, lo que más me dolía no era el acoso, sino que habían personas que me decían que exageraba, que no podía ser, que no era para tanto, que no le diera importancia. Creo que por eso tampoco lo frené a tiempo, porque nadie tampoco me apoyaba para plantarme y no permitir todo lo que pasó. Estaba destrozada y todos seguían pisándome aún cuando mis pedidos de ayuda se volvieron gritos silenciados y frustrados.
Nueva York fue ese lugar y momento de escape. Pensé que no podía irme, tan solo pensar en tener un ataque de pánico en el viaje o en cualquier lugar lejos de casa, me ponía nerviosa. Pero una vez sentada en el avión, lo único que pude sentir fue alivia. Y pensaba "estoy destrozada pero respiro" y eso era una buena señal, era señal de que podía revertir todo lo que había pasado, lo que me pasaba a mí por dentro, lo que sentía e incluso, mi situación en el trabajo. Nueva York me dio el empujón que necesitaba. Recuerdo que al quinto día, mi papá me vio riendo y me dijo "que lindo verte así de nuevo, pasó mucho tiempo". Y es verdad, había pasado mucho tiempo, más de lo que cuesta admitir. A a mí me pesaba la vida, y de repente todo se volvió liviano. Comía bien, sonreía, hacía chistes, lo hacía reír a mi papá, sacaba fotos, dormía...dormía tan profundo que me costaba levantarme en la mañana. Fue en ese tiempo en que llegué a la conclusión de que nadie sabe lo preciado que es el sueño hasta que se lo pierde.
Era otra, y desearía que hubieses podido verme ahí, en ese preciso instante en que fui yo tan alegre como juvenil. Desearía que hubiese podido presenciar esos momentos en que sentía que brillaba como las luces de los edificios, que brillaba y no me cegaba. Nueva York me dio esos atardeceres que me hacían emocionar, y lloraba, pero ya no era dolor ni miedo, era paz. Me sentí tan llena de fuerza y buena energía que me convencí de que nadie iba a atropellarme de nuevo, nadie iba a hacerme mierda hasta el punto de desconocer quien soy, nadie iba a tratarme mal al punto de hacerme pensar que es mi culpa y que lo merezco. Regresé de ese viaje sintiéndome más viva que nunca, y creo que por eso siempre vuelvo, porque cuando me pierdo, Nueva York siempre me encuentra.
Era otra, y desearía que hubieses podido verme ahí, en ese preciso instante en que fui yo tan alegre como juvenil. Desearía que hubiese podido presenciar esos momentos en que sentía que brillaba como las luces de los edificios, que brillaba y no me cegaba. Nueva York me dio esos atardeceres que me hacían emocionar, y lloraba, pero ya no era dolor ni miedo, era paz. Me sentí tan llena de fuerza y buena energía que me convencí de que nadie iba a atropellarme de nuevo, nadie iba a hacerme mierda hasta el punto de desconocer quien soy, nadie iba a tratarme mal al punto de hacerme pensar que es mi culpa y que lo merezco. Regresé de ese viaje sintiéndome más viva que nunca, y creo que por eso siempre vuelvo, porque cuando me pierdo, Nueva York siempre me encuentra.
Una vez en Buenos Aires, volví al médico que nuevamente se negó a dejarme volver al trabajo. Ya llevaba un mes más o menos sin trabajar, y me resultaba raro en cierto punto, porque trabajo desde que salí de la secundaria. Estar sin hacer nada era realmente perturbador. Pero también era consciente de que lo necesitaba. Necesitaba pensar una estrategia para volver a trabajar y estar bien. Empecé a salir a correr de nuevo, para poder tener mi cabeza desconectada y de alguna forma, para poder pensar más claramente después. Estaba empezando a adaptarme a esta posición de empoderada de mi propio cuerpo, mi estado de ánimo y mis objetivos. Y cuando menos lo esperaba, en el momento quizás menos conveniente, o quizás simplemente el momento justo...apareciste vos..."

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