Me ahogo, me hundo en sus palabras. Es mi lugar favorito, pero es un espacio con la capacidad de transformarse, de ser huracán y calmar, de ser una caricia y después abofetear. Lo se porque en un momento estoy bien y al otro no puedo respirar, siento esas punzadas en el estómago, como si algo me estuviese retorciendo desde adentro y el dolor fuese sólo un reflejo superficial de algo mucho más complejo y retorcido. Puedo ver el fondo, el lado que nadie ve de un océano, esa oscuridad donde nada se divisa con claridad. Y quisiera gritar que lo quiero, pero ya no puedo. Hago silencio esperando que él sólo empiece a hablar, pero supongo que el silencio es eso que habla cuando no hay nada por decir. Pensé que el odio era malo, porque lastima sin escrúpulos, pero peor es la nada, la nada misma, la que me está invadiendo. Pero la nada no era nada cuando todo empezó. Porque el problema no es estar donde estamos, sino eso que lo provocó. El problema dibujar sobre tu piel su nombre para que nadie más pueda, para que yo ya no quiera hacerlo. La verdad es que todo este tiempo busqué esperando encontrarme con algo que me indicara que tenía razón, esperando desesperadamente estar equivocada. Supongo que la única equivocación fue no prestarle atención a mis instintos que a cada paso me decían que algo no estaba bien. Ya no puedo llorar, es como si me hubiese vaciado, de todo, de él. Sólo puedo sentir un gran vacío en la boca del estómago y las piernas flaquearme porque mi cuerpo no puede procesar lo que mi corazón ya no siente. Hice todo, todo lo que podía y a veces espero no tocar nunca fondo, para que no se termine, para que no me enfríe y deje de importarme. Pero otras veces pienso que tocar fondo significa que en algún momento voy a volver a la superficie para empezar de nuevo.
28 de abril de 2016
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