2 de marzo de 2016

No se como es que no lo racionalice antes. Supongo que no quería ver lo que estaba ahí, justo enfrente de mis ojos para ser analizado. Supongo que lo que menos quería hacer era eso, sobre analizarlo todo. La verdad es que me sentía bien simplemente queriéndolo, sin explicaciones de por medio. Pero de pronto me quedé mirando a la nada mientras escuchaba a unos amigos hablar sobre cómo es la lógica con las mujeres. "Vos hablas con diez mujeres que te interesen, y sabes que de esas diez, al menos dos van a interesarse en vos, y después elegís para terminar con la que mejor química tengas, es estadística pura", me explicaban mientras ponían caras de sorpresa, como si tuviera que saber que eso es una regla general. Los escuchaba y pensaba que quizás sin notarlo, fui parte de ese juego de ajedrez, calculado y premeditado. Un juego de descarte que quizás las mujeres piensan que existe para después convencerse de que si dicen que las quieren, no podrían ser capaces de hacer una estrategia de ese tipo. Un juego indiscriminado de sentimientos. Me reía de sus observaciones porque no creo que todos los hombres sean iguales, pero por alguna razón terminé por encontrarle más sentido a eso que a pensar que cuando dice que me quiere, es porque realmente lo siente. Todo este tiempo estuve pensando que quizás estaba haciendo algo mal, que tenía que entenderlo, que tenía que quedarme incluso cuando él me dejara en la nada, que si lo quería eventualmente él iba a encontrar la forma de llegar al mismo lugar. Pero ahora sólo puedo pensar en este juego, tan sucio y frío. Un juego que me dejo atrapada entre dos tipos de personas, quien pensé que él era y quien realmente es. Todavía no se si es posible no idealizar a alguien cuando estas conociéndolo, cuando estas queriéndolo sin decir que lo haces. Y puede que tenga que aceptar que por necesitar que alguien me quiera, haya terminado queriendo a alguien para quien no soy más que un nombre en una lista, una pieza necesaria pero no crucial o una carta ordinaria que puede cambiar por un comodín. Puede que haya terminado queriendo a alguien que nunca elegiría, aunque pudiera, quererme bien. 

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